lunes, 18 de febrero de 2008

EL FORASTERO


Era un día bastante pesado para ser domingo. Ya eran las dos de la tarde y no había ingresado ningún cliente al restaurante, -“sin duda este sería un día malo” –me dije a mi misma mientras tragaba un poco de saliva, pensando en las cuentas que tendría que pagar el siguiente día.

Los anteriores fines de semana habían sido mejores, porque a esa misma hora de aquellos días ya había acabado de vender todos los platos a la carta y cerrado temprano el negocio.
Pero ese domingo al ver que transcurría las horas y nadie entraba al restaurante me sentí un poco desesperada, porque toda mi inversión estaba en juego. Los rostros de mi personal de cocina, se mostraban deprimentes y preocupados parecía ser que la desolación invadía cada uno de sus corazones al ver infructuosa su tan agitada labor.
A punto del desánimo, me aproximo a la puerta de mi local, tratando de tomar un poco de aire y con la esperanza de que al menos uno de mis asiduos clientes me viese y se animara a entrar a almorzar en mi comedor.
Ya afuera de mi local pude divisar que al frente de mi negocio estaba abierto el puesto de comida al paso que usualmente no habría los domingos y además pude observar que se encontraba abarrotado de gente. Lo cual llamo mi atención y me quede observando.
En esos instantes llegue a ver que un hombre alto de tez clara y de apariencia descuidada se acercaba al puesto del frente, se aproximo a la persona que atendía, que parecía ser el dueño y realizó un pequeño dialogo. Aunque no pude escuchar lo que hablaban, por los ademanes que realizó el que despachaba el negocio, llegue a la conclusión de que le estaba increpando algo y le hizo un gesto con la mano indicando que se fuera de ahí.
Después de eso decidí pasar al comedor y sentarme a esperar un milagro para mí. Desde mi asiento podía divisar al extraño forastero que se dirigía un poco dudoso a hacia mi local.
Lo observe con atención ingresar al restaurante y dirigirse hacia donde yo me encontraba sentada. El extraño Vestía un pantalón Jean gastado, una camisa crema un poco sucia y sudada, unos zapatos negros empolvados y una gorra azul un poco deshilachada.
Ya cuando lo tenía frente a mí, se quito la gorra, la tomo con sus dos manos y me dijo: -Señora, buenas tardes. Disculpe por favor que venga a si a interrumpir en su negocio. No soy de aquí. Vine a esta tierra buscando una mejor suerte y me ha ido peor. No he comido nada en tres días y tengo hambre. ¡Por favor podría darme algo de comer!, yo se lo pagaría con trabajo. ¡Se lo ruego! Me sentí impactada era algo en su pálido rostro y en el tono de su voz, que me decía que estaba diciendo la verdad. Sus grandes ojos café me decían que era un hombre bondadoso y sincero, a pesar del aspecto maltrecho de su cuerpo. Cualquiera que lo viera con esa barba sin afeitar, las uñas largas y ese aspecto desaliñado creería que se trataría de un mal viviente.
Le mire a los ojos y le dije: -¿qué te gustaría comer?
-Lo que usted pudiera darme. Respondió con un poco de temor y sumisión.
Este hombre me hizo recordar a mi padre, sobre todo cuando en vida me dijo “Hijita, si alguna vez pasas necesidad, nunca pidas que te regalen un plato de comida, siéntete digna y trabaja por ese plato de comida, no eres un mendigo yo te he enseñado a trabajar”.
Allí frente a mí, un hombre dispuesto a ganarse su alimento, recordándome las enseñanzas de mi padre. Así que accedí. –toma asiento, -le dije. En este momento voy a pedir que te traigan la comida.
-No señora ¿cómo va ha ser? ¡No podría sentarme aquí!, Ocupando una de sus lujosas mesas, estoy sucio y mancharía sus manteles. Por favor déme la comida y yo me la comeré allí a la sombra de ese árbol. Cuando termine, volveré para cumplir con la labor que me encomiende –Me dijo el forastero. -¡como vas a comer afuera en el suelo como si fueras un animalito!, eso no lo puedo permitir. Sino quieres manchar mis manteles, lo entiendo, entonces vas a comer en la mesa de los empleados. –le replique.
-Está bien, accedió el extraño.
Se sentó solo a la mesa de los empleados. Era una mesa redonda de madera sin mantel. Pedí al cocinero que le sirviera un bistec a lo pobre regional (arroz chaufa, con sus plátanos fritos y un trozo de filete con su huevo frito montado) también pedí al mozo que le alcanzará las salsas y una jarra de refresco de cocona. Los ojos del extraño se iluminaron cuando vio semejante banquete en su mesa. Me miro, lo mire y le dije. -Sírvete. -Él por su parte asentó con su cabeza cerrando los ojos, con la misma sumisión que me mostró al principio. Tardo poco tiempo en engullir todo lo que se le había servido. Se levanto tomó su vajilla y la lavo en el fregadero, una vez acabado. Se acerco a mí y me dijo:
-señora, ¿En qué puedo servirle ahora?
-¡En nada! – le conteste.
-¿Cómo que en nada?, después de haber comido tan rico, me siento en deuda con usted. -Me explicó un poco confundo y extrañado.
-Lo que pasa es que hoy ha sido un mal día, no he vendido nada y todo esta limpio, no hay más platos que lavar, ni nada mas que hacer, así que puedes ir tranquilo. -Le dije.
-Señora, muchas gracias, su comida estaba muy deliciosa, pero sobre todo muchas gracias porque hace tiempo que nadie me hacia sentir nuevamente un humano. ¡Señora que Dios la bendiga!
Cuando salio de la cocina el individuo cayó de rodillas en medio del comedor que se encontraba vacío, levanto sus manos y aunque no recuerdo las palabras que pronuncio recuerdo que le pidió a Dios que me bendijera. Luego salió. En la puerta del local repitió el ritual y se fue lanzado toda clase de bendiciones para el negocio.
Lo más sorprendente, es que; ni bien salio del restaurante comenzaron a ingresar uno tras otros los clientes, en 10 minutos las mesas se encontraban llenas y logré vender todo lo que había preparado, no me sobro, ni un solo plato. En la noche me puse a meditar sobre el extraño, y si habría tenido algo que ver con lo acontecido en horas de la tarde. Me parecía un milagro y no lo podía creer por eso me anime a leer la Biblia, tratando de buscar respuesta a mi interrogante, ya que me pregunte que si se trataría de un milagro en ese libro podría encontrar la respuesta que necesitó. Comencé a ojear el Antiguo Testamento y luego el Nuevo Testamento y sin mucho esfuerzo encontré un texto que me alegro y me escalofrío la piel: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo hospedaron Ángeles”. HEBREOS 13:2
(Gracias Paquita)

miércoles, 13 de febrero de 2008

¡Que Miedo! Me visitaron los E. T.


Ya había terminado de hacer mis tareas del colegio y a pesar de que era muy tarde no podía dormir, me daba vueltas en mi cama y me encontraba fastidiada sin aparente razón alguna. Decidí prender la computadora y navegar por el Internet, escuchar música y revisar mi e-mail, esperando que en algún momento el sueño invada mi ser. Mientras estaba sentada frente a mi computadora tenía una sensación extraña, como si alguien me observaba. Lo cual descarte por que me encontraba en mi cuarto, ubicado en el segundo piso de mi casa y seguí con mi navegación ignorando mi extraño presentimiento.

Eche un vistazo a mi reloj y ya eran las dos de la madrugada. -¡Que rápido pasa el tiempo cuando se esta en el Internet! -Exclame.

Ya mis ojos me dolían de cansancio y decidí volver a intentar conciliar el sueño, procedí a apagar el computador y las luces de mi habitación, de pronto un sonido llamo mi atención.
Una especie de conversación se colaba por mi ventana, me detuve allí, de pie, frente a mi cama, sin hacer ruido, con el objetivo de escuchar con mayor atención.

El terror invadió mi mente cuando me percate que esas voces que escuchaba no eran humanas, era una lengua extraña, indescifrable para mí, no las reconocí como humanas y las relacione rápidamente con las voces de algunos extraterrestres que había visto y escuchado en algunas películas. De pronto los perros del vecindario ladraron y observe claramente que algo se movió por la parte de afuera de mi ventana.
Eso me paralizo, no quería asomarme, me dio mucho pavor. Me olvide de todo y simplemente dije –Aquí muero. Comencé a temblar y a sudar petrificada allí, de pie frente a mi cama.
No sé como lo logre, pero realice un salto casi felino hasta mi cama y me tape esperando que las voces se fueran.

Los perros del vecindario dejaron de ladrar. De pronto escuche fuertes golpes al parecer con algún metal, como choques de algún vehiculo metálico con el concreto. En mi mente sólo cabía la posibilidad de que los extraterrestres querían aterrizar en el techo que vendría a ser el tercer piso de mi casa, justo arriba de mi cuarto. El único que dormía en el tercer piso era mi perro Tyson, un boxer de 8 años, el cual es muy buen guardián, sin embargo me preocupo no escucharlo ladrar. El ruido persistía y tenía curiosidad por saber que pasaba arriba de la casa.

Minutos después unos ladridos intensos provenientes de la casa del vecino hicieron que el ruido se detenga intempestivamente. Seguidamente escuche como descargas eléctricas acompañadas de luces resplandecientes, seguidamente logré oir a el perro llorando como si lo hubiesen golpeado. Entonces me dije: ¡No puede ser!, están disparando sus armas láser a los perros. -!Dios mío! mi perro debe de estar muerto.

No sabia que hacer sentía que caminaban en mi techo, y no me animaba a salir de mi cama para ir al cuarto de mi mamá a buscar refugio. El miedo me mantenía paralizada, tenía el celular en la mano y decidí enviarle un mensaje de texto a mi mamá. Le envié como cuatro mensajes que decían: “Mamá ven rápido a mi cuarto, tengo miedo”.

Mamá se encontraba profundamente dormida, desde mi cuarto escuchaba que los mensajes le llegaban a su celular pero ella no contestaba. Me estaba desesperando y decidí enviar un quinto y último mensaje. Enseguida escuche que mi mamá habría la puerta de su habitación y encendía las luces de la casa, asimismo sus pasos me indicaban que se acercaba a mi alcoba. Entro a mi habitación prendió la luz y me encontró envuelta en mis frazadas y cubrecamas temblando y llorando. Que sensación mas aliviante sentí cuando la vi ahí parada en la puerta de mi cuarto
-¿Qué pasa?, pregunto medio dormida.
Me abalance a sus brazos y le conté todo.
Me escucho tranquilamente y se quedo acompañándome toda la noche.
Los ruidos cesaron y no se en que momento me quede dormida.
En la mañana mi perro estaba allí sano y salvo.
Pero yo me quede con la incertidumbre de saber que ocurrió esa noche en el techo de mi casa.
Aunque nadie me cree, estoy segura que lo que escuche esa noche fueron extraterrestres. -¡Que Miedo! Me visitaron los E. T.

(Gracias Fabiola)

sábado, 2 de febrero de 2008

LA ORACIÓN DEL RENEGADO


Eran las tres de la tarde de un viernes de agosto y como corresponde a esta época del año e de imaginarse que se trataba de un atardecer frío y lluvioso en la capital de la república. En estos momentos me encontraba en la zona de lavado de vajilla junto con mi gran amigo y compañero de trabajo, un joven de nombre José. Juntos nos encargábamos de dejar todo el menaje listo para la atención del siguiente día. Por supuesto él es el que se llevaba la peor parte de la labor cotidiana, ya que le habían asignado el puesto de Ayudante General, era el encargado de dejar impecable todas las instalaciones de la cocina, ayudar a los cocineros, al chef , al almacenero en múltiples trabajos y finalizaba su laborioso día con el lavado de platos, cubiertos, vasos , copas y todo cuanto correspondiera al menaje del comedor. Por mi parte, yo estaba encargado de la atención directa con los comensales, que duraba hasta las dos de la tarde después estaba dedicado a ayudar a mi compañero José, secando y acomodando la vajilla en los estantes.
En estas dos horas que trabajábamos juntos, compartíamos largas y amenas charlas.
-Oye, ¿no te parece un poco irónico? –pregunto José.
-¿Qué cosa? –respondí.
-Que tanto tú, como yo, estemos estudiando computación e informática y estemos trabajando en el comedor de IBM tu haciendo de mosaico y yo de lavaplatos, mojándome en este frío. –recalco.
-Si tienes razón es un poco irónico.-alegue. - José, cuando tus patas de tu instituto te preguntan en dónde trabajas, ¿qué respondes? -Le pregunté.
-¡ah ya!, yo les digo que trabajo en IBM y no me dicen nada más, si supieran que lavo platos, en su comedor, se pondrían a vacilarme todo el día. Son más jodidos. Es que ellos si tienen buenas chambas –respondió.
-Sí, seguramente que si. ¿Tú crees que alguna vez podamos trabajar aquí en nuestro rubro? –le volví a preguntar.
-No creo. Aseguro tajantemente.
-¿Por qué lo dices tan seguro? –le interrogue.
-He escuchado, que aquí sólo aceptan a egresados de universidades privadas, como la de Lima. Nosotros somos de institutos superiores, no tenemos oportunidad alguna de entrar aquí, que no sea como lo estamos haciendo ahora, como simples trabajadores de otras empresas que le prestan servicios a IBM. –volvió a afirmar mientras acomodaba la vajilla en la maquina que lavaba los platos.
-Yo creo que te equivocas, hay que pensar positivamente. –remarque.
-No, ahí si estas equivocado, tendría que pasar un milagro para que eso ocurra en esta vida. –enfatizó.
-Entonces vamos a pedir un milagro. –insistí mientras acomodaba una bandeja llena de vasos sobre el estante.
-Ja,ja… no me digas que ya tienes vara. Por que si es así no te olvides de tu pata. Tu no pierdes el tiempo. -Respondió socarronamente.
-No no tengo a nadie aquí, te digo que no hablo de vara, sino de pedirle a Dios un verdadero milagro.-le dije
-¿Y como haces eso?-se mostró sorprendido.
-tenemos que orar. -recalqué
-¿Orar a Dios?-se extraño. Lo supe porque fruncía el ceño.
-Sí orar.-le afirme.
-¡No!, no compare, a mi no me metas en eso, eso no funciona, cuantas veces le he pedido a Dios que me cambie de chamba y ya llevo tres años aquí, lavando platos y fregando pisos, no pasa nada, no es efectivo. –lo dijo en un tono fastidiado casi al borde del enojo y el resentimiento.
-Sabes no se porque lo dices, pero a mi siempre me ha funcionado, seguramente no tenias fe. –le explique.
-No creas, lo hice muchas veces con toda la fe del mundo y he acabado frustrado.-me contesto un poco irritado.
-¡No puede ser!, Algo debiste haber hecho mal. ¿Te acuerdas lo que le pediste y como lo dijiste?, tal vez si lo repites ahora mismo te pueda decir en que fallaste. Por que dudo que lo hayas hecho bien.-le exclame.
Inmediatamente después, José se me acerco, me miro muy seria y fijamente a los ojos toco con su dedo índice mi pecho y me dijo, -de acuerdo, ¿quieres saber como lo hice?, presta atención.
Inmediatamente se coloco en medio de la habitación donde nos encontrábamos, se encontraba vestido con un mameluco blanco, unas botas también blancas de jebe, sus guantes de hule amarillos, su delantal de plástico naranja y su gorra blanca, se dejo caer de rodillas, levanto su mirada al cielo y sus brazos hicieron lo mismo. La pequeña ventana de esa habitación ilumino su rostro y sus húmedos guantes amarillos. Nunca antes lo había visto así, por unos segundos creí que estaba a punto de conocer su intima forma de relacionarse con el Todopoderoso, sentía que estaba formando parte de un éxtasis religioso o algo así. Pero todo se derrumbo cuando José clamo a gran y viva voz.
-¿HASTA CUANDO?, ¡ABUUUUUSIVO!.

lunes, 21 de enero de 2008

EL CALLEJON DE VICTOR LUQUES

Las noches Iqueñas son sumamente calurosas y oscuras, sobre todo en el barrio donde viví mi juventud, el cual por cierto quedaba a dos kilómetros del Poblado del Carmen, el camino era una vía arenosa y polvorienta rodeada de tierras de sembrío. Como se había de esperar, en aquel entonces no existía alumbrado público por la zona, lo que convertía el trayecto al pueblo en un camino lleno de penumbras en horas de la noche. Tal era la oscuridad que uno a veces no podía ver más allá de sus manos.

A la mitad de esté trayecto, hay una entrada a las chacras cercada por matorrales a la cual denominamos “El Callejón de Víctor Luques”, en honor al dueño de estos terrenos Don Víctor Luques. Nadie vivía por estos rumbos, pero a pesar de ello, el lugar era muy famoso porque había sido la cuna de innumerables historias de terror y espanto.

A través de estas historias muchos aseguraban haber sido testigos de apariciones sobrenaturales en este callejón, se contaban historias en donde se pintaban de cuerpo entero las apariciones de brujas, animales demoníacos y hasta del mismo demonio y toda la población conocía estos espeluznantes relatos.

Tal era el impacto de estas historias en la población, que los que pasaban por el callejón de Víctor Luques, en horas de la noche lo hacían rezando, corriendo a la máxima velocidad que pudieran darle sus piernas, con los ojos cerrados o hablando todo tipo de lisuras para darse valor y evitar así ser asustados. Lo cierto es que desde que uno sabía que tenía que pasar por este lugar ya se estremecía de miedo.

Debido al terrible calor en el barrio teníamos la costumbre de sentarnos a conversar e intercambiar todo tipo de historias en el frontis de nuestras viviendas hasta altas horas de la noche, en espera de que baje la temperatura para poder descansar placidamente.
Aproximadamente a las 11 de la noche de una de esas noches de charlas, fuimos interrumpidos por despavoridos gritos de pánico y desesperación, todos no volteamos a ver y vimos que era Don Avelino, uno de nuestros vecinos quien se acercaba corriendo entre tropiezos.
Nos llenó de temor la expresión de su rostro, tenía los ojos desorbitados, echaba espuma por la boca y reflejaba el miedo en cada centímetro de su rostro, ante nosotros estaba atravesando un shock nervioso.
Don Lucho, uno de nuestros vecinos logró sujetarlo del cuello de la camisa le dio unos buenos sacudones para calmarlo, luego le miro a los ojos y le dijo
- ¿Qué paso? ¿Qué ocurre?
Don Avelino Respondió.
- El muerto, en el callejón, déjenme.
- ¿Cuál Muerto? ¿De qué hablas? ¿Cuál callejón?- volvió a preguntar Luis
- En el callejón de Víctor Luques, hay un cajón de muerto, el muerto se levanta del cajón y luego se vuelve a echar y luego llora. – respondió con la voz quebradiza y balbuceante.
Semejante respuesta dejo desconcertados y temblando, a todos. Pero a pesar de todo pudo más la curiosidad que el temor.

Todos nos paramos a mirar desde donde estábamos y efectivamente se veía algo, se veía un cajón de muerto, todas las veinte personas que estábamos ahí lo vimos y en eso vimos que alguien se levantaba y al rato se volvía a echar en el cajón, todos fuimos testigos de tan macabro espectáculo que se repetía a cada instante. Rápidamente la noticia fue difundida al pueblo y en menos de una hora todos nos armamos de valor y sacamos escopetas, palos, linternas y nos fuimos a ver tal espanto.

Nos acercábamos con precaución, muy lentamente, a medida que nos acercábamos el temor y el nerviosismo aumentaba. En cada paso que dábamos se hacia mas notorio el féretro y el que se levantaba, esa noche corría viento y el aire silbaba, lo que le daba un toque tétrico a este escenario.
Invadidos por el temor nos detuvimos, todos veíamos lo que ocurría, todos teníamos en la mente lo que el vecino nos contó y todos veíamos lo mismo.
El callejón estaba tan abarrotado de curiosos que produjo que el viento dejara de soplar por este lugar, el muerto ya no se levantaba, por tal motivo nos acercamos más.

Cuando el temor se estaba apoderando de los que encabezábamos la movilización nos detuvimos, pero la multitud de curiosos atrás nuestro seguía avanzando, y nos vimos obligados a seguir caminando. Ya ha unos pocos pasos del feretro lo apuntamos con nuestras linternas y de pronto nuestros ojos fueron abiertos.

Lo que nos había dicho que era un cajón de muerto no era si no, un tronco de un árbol que habían botado en la tarde de ese día y el muerto que se levantaba y se volvía a echar era una gran bolsa de plástico blanca que se había atorado en el tronco y con el aire se alzaba y cuando dejaba de soplar caía.
(GRACIAS JUAN HUAMAN)

miércoles, 16 de enero de 2008

¡ALO TENTACIÓN!

Eran las ocho de la noche del primer viernes de Enero y aún permanecía en la oficina, tenía un trabajo pendiente en la computadora que me estaba obligando a realizar las tan odiadas horas extras no remuneradas que todo trabajador detesta. Mis compañeros ya se habían retirado a sus casas, y me encontraba solo. De pronto, suena el teléfono y me apresuro a contestar.
- Alo!, Buenas noches.
- Hola. Respondió.
Era la voz de una mujer.
- ¿En qué puedo ayudarla?
- Hola, ¿te molesta que te llamé? Pregunto ella.
- No. Respondí mientras pensaba que alguien me estaba jugando una broma.
- ¿Seguro que no te molesta que te llame?
- Completamente seguro, ¿quién habla?- Respondí levantando un poco el tono de mi voz para dar a conocer que me estaba cansando la misteriosa charla.
- Oh! no te amargues amigo, mi nombre es Carla. Tú no me conoces ni yo a ti, déjame explicarte el motivo de mi llamada, me sentía sola, así que tome la guía telefónica y busque un número al azar y me decidí a llamar y por suerte estoy hablando ahora contigo ¿tú cómo te llamas amigo?
Vacile unos instantes para responder, no conocía a ninguna Carla, así que no tenía porque darle mi verdadero nombre.
- ¿cómo me dijiste que te llamas? Repregunto.
- Henry, mi nombre es Henry. -No sé porque le di mi verdadero nombre a pesar de que había decidido no hacerlo.
- Henry, tienes un bonito nombre, y ¿A que te dedicas Henrry?, si se puede saber.
A pesar de que estaba incomodándome por el interrogatorio continúe con la conversación.
- Soy periodista
- Periodista, me encantan los periodistas, tengo algunos amigos periodistas, y dime ¿Cuántos años tienes?
- Tengo 25 años.
- Hum! Eres joven. Yo también soy Joven, tengo 21 años. ¿quieres saber porque te llamo?
NO entendía que pasaba había algo de sensual y envolvente en su voz que me atrapaba y no me dejaba cortar la llamada.
- Sí. – respondí casi tímidamente.
- Me gustaría conocerte, me gustaría salir a bailar y pasear con un joven, Mi trabajo es ser dama de compañía y me contratan hombres adultos entre los cuales hay abogados y doctores, pero todos ellos de edad. Y hoy estoy cansada de salir con tanto viejo, me gustaría salir a bailar y terminar haciendo el amor con un joven como tú. Soy una chica A1.
Semejante propuesta me dejo perplejo, anonadado, estupefacto y quede con un nudo en la garganta que no me dejo responder.
Pero ella insistió.
- ¿Qué me dices?, ¿te gustaría salir esta noche?
Me sentí atrapado, dirigí mi mirada hacia la pantalla de la computadora y observe el retrato de mi esposa y de mi hijo que coloque ese día como papel tapiz en el escritorio del monitor de mi ordenador. Ahí apareció la salida a este embrollo en el que me estaba metiendo sin quererlo.
- No se puede
- ¿Por qué no se puede? ¿Estas trabajando? Si es así puedo esperar hasta que salgas de trabajar, mira que la noche es joven. - Remarcó
- Si estoy trabajando, pero no es eso. Sabes soy casado.
Su respuesta me dejo aún mas confundido.
- ¿Y eso que?, ella no tiene porque enterarse, te aseguro que tu esposa nunca se va a enterar ¿o le vas a decir mi amor?
¿Porque tanta insistencia?,- me pregunte- me sentí casi sin salida, me sentí acorralado, pero conteste un contundente
- No, no se puede, ni hoy, ni mañana, ni ningún otro día.
Mi respuesta quebró ese tono mágico de su voz que de dulce entonación se transformo en tosco y agresivo.
- ¿Por qué no? ¡ Ahh. Ya sé, seguro eres maricón! ¿Eso es no?
- No, no soy maricón soy fiel.
- ¡Fiel! jajaja… No te creo, eso no existe, en esta tierra no existe ni un solo hombre fiel, lo que pasa es que eres un maricón. Bueno ya no voy a perder el tiempo contigo, tú te lo pierdes. Chau Maricón.Tututuuuuuuuuuuuuuuu…

QUE BASURA

Es de mañana, miró el reloj y ya son las siete y treinta, ¡otra vez tarde!. Peleo con mi flojera para levantarme. La mañana esta muy fría y aquí en mi cama estoy cómodamente abrigado.
Mientras dormito un rato mas, recuerdo que no he tirado la basura desde hace días.
-¡Caramba!, Otra vez se me pasa el condenado carro recolector de basura. Exclamo
En estos meses de invierno me resulta tedioso levantarme una hora más temprano, hora en la que el camión de la basura pasa por el barrio para cumplir con tan agitada labor.
Mi cocina ya esta siendo victima del hedor causado por mi irresponsabilidad, las bolsas llenas de desperdicios se han acumulado al lado de la puerta que da al patio.
-¡Dios mío!, me tengo que deshacer de esto.
En la tarde un señor recorre las calles empujando un triciclo, que ha sido acondicionado con cartones para convertirlo en un contenedor de desperdicios ambulante.
Seguramente decidió dedicarse a esto, cuando descubrió que por aquí existe gente como yo, personas que aman disfrutar de un confortable sueño y que no estan dispuestos a sacrificar su descanzo para deshacerse de la basura diaria. Por eso él recorre todas las tardes las calles de algunas urbanizaciones de Surco, mi amado distrito, empujando su triciclo de desperdicios, recorriendo los mas escondidos vecindarios para que gente como yo, pida sus servicios por una módica suma de cincuenta centavos.
Me asomo a la ventana y ¡OH! ¡Sorpresa!, El señor con su peculiar herramienta de trabajo se están alejando, no lo vi pasar. Me apresuro a cargar con las tres bolsas de plástico repletas de desperdicios. Y salgo corriendo para darle alcance.
Al salir de la puerta de mi casa me doy cuenta que los vecinos están en la calle, unos barriendo, otros caminando y otros conversando. También me doy cuenta que el señor me lleva casi 60 metros de distancia y esta por llegar a la esquina.
Ya no puedo correr con estas bolsas, están por romperse y desparramar su maloliente contenido en medio de la calle, ya no puedo darme vuelta atrás, tengo que hacer algo para llamar su atención pero no se como. En un intento desesperado grito con todas mis fuerzas ¡HEY! ¡BASURAAAAA!.

Bastaron esas palabras para que mi calle enmudeciera, todos me miraban y sonreirán, claro el señor que recogía la basura volteo y camino hacia dónde yo estaba. Le entregue mis bolsas y el dinero correspondiente por ese trabajo, luego se fue.

Me di la vuelta para dirigirme a la puerta de mi casa ,me sacudo las manos y me siento avergonzado pues me acababa de dar cuenta que no use las palabras adecuadas para llamar a este señor que cumplía una noble labor.
Cuando pase por el lado de uno de mis vecinos que se encontraba barriendo y fue testigo de tamaño error me miro, sonrío y me dijo:
- "con qué, ¡hey Basura! no".
Muy avergonzado asentí con la mirada. Mientras el soltaba una carcajada. Luego le oí decir
- ¡que Basura!
y continuó riendo.